El ser humano ha tenido, desde que existe, una forma de sobrevivir diferente a la de los demás animales, adaptando el mundo en la medida de lo posible a sus necesidades en lugar de conformarse con él. Esta capacidad de transformación les ha convertido en una especie de éxito, pero el progreso no ha sido gratuito. La invención de la agricultura permitió la aparición de las grandes ciudades, la literatura y todas las glorias de la civilización, pero también redujo drásticamente la variedad de alimentos y ató a la mayoría al cultivo de la tierra. En las últimas décadas, la aceleración del progreso tecnológico y el estilo de vida sedentario han multiplicado las tasas de obesidad y diabetes, la vida moderna parece aumentar los problemas de salud mental y los dispositivos electrónicos están destruyendo el sueño. En un libro recientemente publicado, Jennifer Heisz, especialista en salud cerebral de la Universidad McMaster de Ontario (Canadá), ofrece una respuesta casi universal a todos estos problemas de la civilización: el ejercicio físico.

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Para Heisz, la producción durante el ejercicio del neuropéptido Y, relacionado con una mayor resistencia a la ansiedad, o los efectos antiinflamatorios de la actividad física, que reducirían la inflamación crónica que se ha relacionado con muchos cuadros depresivos, podrían explicar los efectos positivos del deporte en este tipo de trastornos mentales. Aunque hay estudios que apoyan la posibilidad de efectos ansiolíticos o antidepresivos del deporte, incluso en comparación con los antidepresivos para algunos pacientes, no siempre ha sido fácil encontrar efectos claros o una relación causal, ni discernir hasta qué punto la persona capaz de superar un mal momento emocional para salir a correr no estaba realmente tan mal. Sin embargo, algunos estudios recientes están consiguiendo establecer esa relación sólida y causal entre el ejercicio y un menor riesgo de depresión.

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